dimecres, 31 de desembre de 2008

Un paseo (apasionado) por Boston


Àlex Gozalbo, periodista freelance especializado en baloncesto, se encuentra en Boston, donde este domingo piensa repetir el apasionante paseo previo a la final que el jueves realizó hasta el TD Banknorth Garden. Si eres de los que se ha quedado en España y está viendo la final por televisión, aprovecha estas líneas para acercarte al ambiente de Boston.

El paseo por Boston arranca tras la hora de comer en Fenway, donde las ceras se dividen entre los aficionados vestidos de rojo que quieren ver a los Red Sox y los de verde, que son hinchas de los Celtics. Ambos comparten ciudad, sólo eso. Da la sensación de que se han puesto de acuerdo incluso para repartirse las ceras. Pocos escogen la equivocada.

Entre la muchedumbre, una cara conocida, John J. Havlicek, el ex jugador de los Celtics al que le da tiempo de hacer “The ceremonial first pitch” en Fenway (19.05 horas) antes de acudir al TD Banknorth Garden (21 horas). El partido de béisbol, como nos recordarán al descanso del de baloncesto, acaba con triunfo de los Red Sox de Boston sobre los Rays de Tampa Bay (7-1). Pelea incluida. La otra batalla, la de la popularidad, la ganan esta vez los Celtics. Sólo hay que ver la Red Sox Store, donde los hinchas le piden al empleado que suba el volumen de un televisor en el que se emite la previa de la final de la NBA.

Boston es lo más parecido a Llíria (Valencia) que uno se ha encontrado nunca. Baloncesto y música comparten espacio sin ruborizarse. Uno pasa por The Boston Conservatory y, luego, por Berklee College of Music, justo antes de cruzar la Massachusets Avenue, conocida como “Avenue of music”. Más tarde, llegan las tiendas de baloncesto y los carteles que anuncian la final de la NBA.

También es ésta una ciudad de contrastes. A un lado de Boylston Street, The Boston Public Library. Al otro, una Apple Store de hasta tres plantas. Más adelante, la Trynity Church comparte protagonismo con el rascacielos John Hancock. Siempre así, el pasado y el futuro de la mano. La imagen más contundente llega en la City Hall, donde a un lado se iza la bandera multicolor gay en la fiesta que da inicio a la “Pride week” y del otro procede la megafonía de la NBA Nation, la gran feria que reúne varias actividades promocionales de la competición profesional.

Difícil es pasar por el Four Seasons Hotel, donde se alojan los Lakers. Hay que cambiar de cera para evitar la ira de los policías, que tratan a cualquier viandante como si de un potencial terrorista se tratara. ¿Quién querría atentar contra los Lakers? Ni siquiera los fans de los Celtics. “Todo héroe necesita a su villano”, trato de explicarle al policía antes de cambiar el paso cuando hace el gesto de ponerme las manillas. La gente de aquí lleva 21 años esperando una final así. La cifra no es caprichosa y me la recuerda un tipo que se queja de los accesos al pabellón: “Llevamos 21 años esperando y todavía no estamos preparados”, me dice irónicamente.

La zona está plagada de unos extraños vehículos que llevan la inscripción de Boston Duck Tours. Se trata de una especie de aerodeslizadores (los “hovercrafts” de los Gi-Joe serían un buen ejemplo) que enseñan la ciudad primero por la tierra y, luego, por el agua. Los conductores, micrófono incorporado, tienen tiempo de esquivar taxis y explicar las vistas al mismo tiempo. La gente está tan acostumbrada a verlos como a tomar café en un Starbucks, pero a mí me dejan sin habla. Subir cuesta 29 dólares y nadie garantiza que se llegue con vida al final del recorrido turístico.

Dejando a la izquierda el famoso barrio de Beacon Hill, se llega pronto al TD Banknorth Garden. En Canal Street se reúne todo el ambiente previo, las cervezas vamos. En el Hurricane, por ejemplo, la “Pre-game party” arranca a las 18.30 horas, dos horas y media antes del partido. En el Four’s, el bar en el que son igual de bien recibidos los hinchas de los Celtics que los de los Bruins (hockey sobre hielo), tampoco se lo pasan mal, aunque los precios son otra historia.

No es mentira que en Boston la mayoría sean blancos. Seguramente por eso me alegré cuando se me acercó un norteamericano de raza negra. “Me gusta la camiseta que llevas”, me dijo refiriéndose a uno de los últimos diseños de Play Attitude para la Liga ACB, el de “24 Última posesión”. “Y a mí tu pelo”, acerté a responder señalándole unas cuidadas rastas. Ahí nació una amistad de esas que duran apenas cinco minutos. El tipo me enseñó el lugar en el que conseguir entradas de reventa, justo delante del Sports Grille Boston. Las de 30 dólares se vendían a 350. “¿Qué queréis? Es la final”, anunciaba el vendedor. “Las más seguras son los pases alargados de la gente que hizo prereservas al inicio de los playoffs. Ésas no se pueden falsificar. De las otras no hay que fiarse”, me aconsejó como si yo necesitara una.

Para los que no habíamos estado nunca en el TD Banknorth Garden lo que más sorprende al entrar es que está dentro de una gigantesca estación de tren (North Station), con la que comparte hall. Es por allí donde nos encontramos a Marc Gasol, que pasa inadvertido junto a unos aficionados que gritan “Beat LA” sin parar. La tienda Pro Shop es de visita obligatoria antes de subir las escaleras mecánicas. Excelente la idea de hacer camisetas rememorando los duelos históricos entre los Lakers y los Celtics. Pocos 25 dólares me gastaré aquí mejor invertidos. Ya lo dice Magic Johnson en la portada de Sports Illustrated: “Era la final que América quería”.

Más chapuceras son las camisetas blancas que regalan a cada aficionado. Le esperan en su asiento. Un “Beat LA” acompañado de publicidad no es el mejor recuerdo de una final de la NBA, seguro. Mucho mejor es el montaje, sin ir más lejos, con las caras de Kobe Bryant y Kevin Garnett que aparece en The 2008 Finals Commemorative Program, una pieza de coleccionista por apenas 10 dólares.

Una vez dentro del TD Banknorth Garden es el videomarcador quien organiza la fiesta. Decide cuando hay que gritar (los “D-Fense” o “Let’s go Celtics” son habituales) y cuando emocionarse. El realizador lo borda e intercala imágenes históricas con tomas en directo de Kevin Garnett completando los estiramientos en el vestuario. La música es de Phil Collins (“In the air tonight”). En el montaje no falta la mejor imagen televisiva de las últimas décadas, ésa en la que se ve a Paul Pierce ladeando la cabeza y hablándole a un nervioso Al Harrington mientras bota y bota el balón hasta consumir la posesión y lograr la canasta decisiva. La gente la celebra como si fuera en directo.

Los gritos a Pau Gasol no son tan originales. “Go back to Europe”, dice uno tras su primera canasta. “Go to the Sparks”, le aconseja otro cuando consigue la segunda. A la tercera, silencio. Se ha ganado ya el respeto del TD Banknorth Garden. Eso sí, parece que la media parte se acerca y el público busca gigantescos trozos de pizza en el Campione y aceitosas tiras de pollo con patatas fritas en el Frank House. Hay cientos dentro del pabellón, pero uno prefiere ver una exposición que pasa desapercibida para el resto. Se encuentra en los pasillos de la zona más elevada del recinto y lleva por título The Garden Moments. En ella, excelentes fotografías para entender un poco mejor la historia (deportiva o no) de Boston.

Del primer partido, poco más que añadir a la crónica de Álvaro Paricio. Yo me quedo con Phil Jackson, tan pendiente de todo como para quitarse el micrófono que llevaba en la corbata y dejarlo en la silla antes de levantarse a increpar a un árbitro. Me sigue sorprendiendo que dedique la mayor parte de los tiempos muertos a pensar y escribir en la pizarra. El técnico empieza a dirigirse a sus jugadores (apenas 10 segundos utiliza), cuando el rival acude ya a la pista de juego.

Bonito paseo, aunque algo largo para regresar cuando finaliza el partido alrededor de las 12 de la noche. Mejor coger la abarrotada y caduca línea verde del metro y rehacer el camino a la inversa. El domingo, a repetirlo.

Artículo publicado en ACB.com el 7 de junio del 2008. Consulta aquí el artículo en su contexto original.