dimarts, 10 de novembre de 2009

Shabtai, 20 balazos a la historia más peculiar del mundo


Recibió 20 balazos y los asesinos no se molestaron ni siquiera en coger el millón y medio de dólares que llevaba en el maletero. Así fue la vida y la muerte de Shabtai von Kalmanovic, uno de los personajes más peculiares de la historia del baloncesto.

En el Oeste la gente se enteraba de cuándo se había producido un tiroteo tras ver a un puñado de buitres revoloteando sobre el lugar en cuestión. El lunes de la semana pasada la mayoría de los dirigentes de los clubes europeos supieron de la muerte de Shabtai von Kalmanovic por los SMSs de los agentes ofreciéndoles a varias jugadoras del Spartak de Moscú, que sin el asesinato de su propietario hubieran sido intocables para el resto.

Poco a poco los detalles del tiroteo se fueron conociendo. El empresario fue abatido con 20 balazos a escasos metros del Kremlin. Una vez más, había desoído los consejos de su chófer de sentarse en la parte trasera y se desplazaba junto al conductor, en el asiento del copiloto. “El chófer intentó perseguir a los agresores, pero al estar herido perdió el control del vehículo”, explica Anatoly Bagmet, el comisario al cargo de la investigación.

Lo que apenas ha trascendido es que en el maletero del coche había un millón y medio de dólares en el momento del tiroteo, una anécdota para los asesinos, que cumplían un encargo mucho más ambicioso. Las primeras pesquisas indican que el móvil pudo estar relacionado con su nuevo negocio farmacéutico en Rusia, donde pretendía abrir más de 50 sedes de distribución de medicamentos.

“Hay mucha diferencia entre tener 100.000 dólares y tener un millón. Pero cuando tienes 150 o 200 millones eres igual de rico, así que entiendes que no puedes desayunar dos veces o llevar dos corbatas. Entonces puedes hacer otras cosas con tu dinero", decía Shabtai para explicar por qué invertía tanta pasta en el baloncesto femenino. Oficialmente su fortuna nació de sus arriesgadas inversiones de arte, su organización de eventos a escala mundial y, sobre todo, su participación en la industria farmacéutica, aunque también hay quien habla de venta de sofisticado armamento militar. Misiles y cosas así.

Decían que sus mejores jugadoras podían cobrar un dineral por temporada y, conociéndole, no parece desorbitado. “Papa” lo llamaba cariñosamente Diana Taurasi. No sabe uno si el afecto será consecuencia de los 500.000 dólares que, según Los Ángeles Times, recibía de él en sus primeras temporadas o de las historias sobre su pasado que todavía hoy le cuenta a la plantilla en unas cenas de ésas en las que uno sale con más hambre que sed.

Nació el 18 de diciembre de 1949 en Lituania y en 1972 se graduó por el Instituto Politécnico de Kaunas, tras lo cual emigró con su familia a Israel. Siete años estuvo en la cárcel Shabtai acusado por el gobierno israelí de espiar para la KGB durante 17 años. Obtenía y analizaba, según le acusaron, cuanta información de inteligencia se producía e incluso se le relaciono con el Mossad. Él era lituano y se hizo insultantemente rico en Rusia, pero sobre todo se consideraba judio, lo que explica su sepultura en la ciudad israelí de Petah-Tikva.

Sin duda, Shabtai von Kalmanovic era un tipo peculiar. En su currículo aparece desde un romance con Liza Minnelli hasta la organización de conciertos de Tom Jones y Michael Jackson. Eso y mucho más.

Antes de los partidos, minutos antes de cambiar sus pantalones vaqueros por un traje, ejercía de anfitrión en las reuniones con importantes políticos y personas de negocios, encuentros a los que solía invitar a los representantes del club rival, quien sabe si para exhibir su poder. Allí explicaba historias para no dormir que el interlocutor nunca alcanzaba a saber si eran verídicas o no.

Ésa era una característica en la que Shabtai se movía como pez en el agua; la ambigüedad. Al saludar al comisario de la FIBA y a los árbitros siempre les solía decir que si su equipo no ganaba, les pegaba un tiro en la cabeza. La broma, que era seguida de carcajadas cuando la pronunciaba un general manager de otro equipo, inquietaba a los colegiados, que ni pestañeaban al interpretar que quizás (aquella vez) su interlocutor hablaba en serio. Nunca lo hizo, nunca hizo falta.

A Shabtai siempre le gustó el lujo de lo exótico. Igual volaba repentinamente a París en un jet privado para comprarse su último capricho como le proponía sexo a Margot Dydek, la pívot de 2.16 de altura. “¿Cuánto pides por meterme en la ducha contigo?”, le preguntó en la Final Four del 2007. A la jugadora, que había visto un millón de veces como el máximo mandatario del Spartak besaba en la boca a las jugadoras de su equipo durante la presentación, no le hizo ni pizca de gracia.

Siempre se divirtió haciendo ostentación de su poder. Las jugadoras rivales recibían una rosa de su parte nada más aterrizar en Moscú y para que su desplazamiento al Vidnoje (un pabellón que solía llenar con militares) fuera más cómodo, solía prestar el autocar cinco estrellas de su equipo, con microondas, cafetera y otros lujos. Así impresionaba a las mejores estrellas del mundo, a algunas de las cuales trataría de fichar al verano siguiente.

Tras su paso por el Zalgiris, a quien hizo campeón de Europa en 1999, en los últimos años Shabtai se había dedicado a reflotar el baloncesto, un deporte que él practicó en Lituania. Su matrimonio con la ex jugadora Anna Arkhipova le introdujo en un mundo del que pronto fue el gran dominador. Primero pasó por el UMMC Ekaterinburgo, donde fue descalificado por falsificar un puñado de pasaportes georgianos de sus jugadoras. Desde hace unos años el Spartak de Moscú, campeón de la Euroliga Femenina en las últimas tres temporadas, era el destino de una parte de sus ahorros. Algunas jugadoras cobraban en su club diez veces más que en Estados Unidos, pero a él todavía le quedaban unos ahorros para organizar fiestas por todo lo alto para presumir de éxito. Tanto en la Final Four como el All Star de la Euroliga Femenina, celebrados en Moscú, todo olía a dinero.

Lejos, en cambio, de ser un personaje distante, Shabtai von Kalmanovic era capaz de interrumpir un partido para darle un premio -previo abrazo- a su jugadora favorita, de apoderarse del micro y hacer de speaker, de abroncar a una bailarina por retrasarse al salir a la pista o incluso de acercarse al entrenador rival y aconsejarle sobre su táctica ofensiva.

Pese a su abrumadora superioridad, Shabtai era un tipo que caía bien entre los equipos rivales, con cuyos dirigentes solía tener detalles en forma de botellas de vodka o paquetes de caviar. Una de las últimas apariciones públicas de Von Kalmanovic se produjo en una reunión de los clubes de la Euroliga Femenina que se celebró en Freising, una localidad alemana situada al lado de Munich. Allí acudió al lado de su inseparable Steve Kostalas. Cuando Nar Zanolín, secretario general de FIBA Europa, intentó abrir la sesión, Shabtai enchufó su micrófono y lo interrumpió. “Pido que se aplace la reunión”, dijo ante la sorpresa de los asistentes, entre quienes había representantes de Ciudad Ros Casares, Perfumerías Avenida y Rivas Ecópolis. “Falta Miss Barcelona y sin ella no podemos empezar”, dijo en alusión a Carme Lluveras, que se encontraba en la WNBA ejerciendo con las Mystics de entrenadora ayudante invitada.

Fue una de sus últimas bromas. Ahora, nadie sabe qué va a pasar con el Spartak de Moscú, pero ya hay quien define su pérdida como el acontecimiento más importante de los últimos 20 años del baloncesto femenino. De momento, su muerte obligó a suspender el partido de la semana pasada que debía enfrentar al Spartak con el Szeviep Szeged.

“La muerte de Shabtai es una gran pérdida para el mundo del deporte y para el baloncesto en particular”, dice Sergey Chernov, presidente de la Federación Rusa. Seguramente, es mucho más que eso.

Artículo publicado el 10 de noviembre en Gigantes del Basket.